La Leyenda de Agua Santa
Baños, Milagros de Agua Santa
Encienden velas a cada minuto. Son tantas como los milagros que pide la gente. Al fondo del pasillo está la virgen que los cumple. Un muro de piedras y rejas rodea el altar y separa a Nuestra Señora del Rosario de Agua Santa de sus fieles que rezan frente a ella. Cerca de sus pies caen las fotos y mechones de cabello que lanzan los que necesitan ser sanados. “Si ella calma al Tungurahua, seguro le cura a mi marido”, dice Rosa Elena Poveda al terminar su oración.
La devoción y las creencias vienen desde que apareció y empezó a hacer milagros. Fue en 1595 cuando un campesino vio a la virgen por primera vez en los alrededores de Baños y ella le pidió que se le construyera una iglesia. Cuando fueron a buscarla había desaparecido. Días después llegó a las manos del párroco, intacta, en una caja de madera cargada por un burro. Desde entonces no ha dejado de salvar a la ciudad que vive en las faldas del volcán.
Esa es la leyenda que todos los baneños cuentan y que está plasmada en los cuadros que adornan las paredes de la catedral. En 1773 fue una de las erupciones más fuertes del Tungurahua, sin embargo, Baños no sufrió mayores daños. “Está ciudad nunca se va a destruir por una erupción, la virgen es su patrona”, dice Inés Moreno. Ella es de Quito, pero va hasta Baños en cada feriado para bendecirse en sus aguas.
En la puerta de la iglesia está arrimada Margot Pazmiño. Por 20 años ese ha sido su lugar de trabajo. Esa mañana vendió casi todas las velas que tenía, en la tarde ya no hay tanto movimiento. Dice que además de la necesidad, lo hace por la fe y los favores que le ha pedido la Virgen de Agua Santa. Como ella hay otras 42 mujeres que viven de la gente que día a día compra velas y estampas con la esperanza de resolver sus problemas y curar sus enfermedades
En el interior, mientras unos asisten a misa en el altar principal, otros van hacia el pasillo izquierdo, prenden su vela, hacen una oración y aprovechan para llevarse un poco de agua santa. Junto al fogón lleno de cera y plegarias, una pequeña puerta conduce a un patio donde el padre Eugenio Vargas reparte bendiciones con una rosa que salpica gotas cristalinas. Rosa Elena llena su envase plástico con agua de un grifo y se acerca al sacerdote de la parroquia para que la bendiga. Según Eugenio así es todo el día. Van familias enteras y madres con sus bebes recién nacidos. No importa si se vive lejos, la fe por la Virgen de Baños no conoce fronteras. “Padre bendiga está cruz para mi hija que vive en Canadá”, dice Cristian León, un quiteño que visitó la ciudad aprovechando el feriado de fin de año.
El padre Eugenio vivió en carne propia un milagro de la Virgen. Hace 40 años tuvo un accidente de tránsito cerca de Ambato. El conductor murió. Él era el copiloto. Sufrió una lesión grave en la columna y los diagnósticos del médico daban pocas esperanzas. “Cerré mis ojos y recé. Le pedí que me deje caminar”, recuerda Vargas. A los pocos minutos empezó a mover sus piernas. “Sentí que me volvió la vida“.
El fuego de las velas calma el del volcán y las preocupaciones de quienes las encienden. “Venimos todas las semanas. La luz tiene que estar pendida para que la virgencita no se olvide ayudarnos”, dice Rosa Elena ayudando a su marido a levantarse de una de las bancas de la iglesia donde le esperaba.
| El majestuoso Volccán Tungurahua |
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